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Reconocida
la realidad, se supera toda expectativa, permite entonces que las cosas
ocupen su lugar.
No se puede aceptar de buenas a primeras el diagnóstico de estado terminal.
Es necesario “agotar” todas las posibilidades para corroborarlo.
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Quien
enfrenta a la muerte y lo sabe, tiene la posibilidad de encontrarse
a si mismo y de resolver su vida.
Pareciera que decirlo, activará la guillotina y no hubiera
posibilidad de hacer nada. nada, ni el paciente, ni el médico y no es posible
que yo, ¡yo médico!, ya no pueda hacer nada. Mejor no se lo digo. ¿Cómo
le digo a alguien que ya no hay nada que hacer? Si se dijese así, verdaderamente
sería desolador y triste. Tanto o más pobre sería el dar un lapso de tres
meses o tres años, sin haber elaborado un diagnóstico adecuado y propuesto
un plan de tratamiento en el que se incluya el propio proceso terminal.
No tenemos derecho ha hacer eso. Tal vez, ni siquiera es importante decirlo.
Es más, baste con hacer patente la realidad aclarándola. Poniéndola
en el entendimiento del paciente y sus familiares. Es el diagnóstico
al que hemos llegado con una base racional el que da la medida y en lo
posible no deja dudas. Es necesario procesarlo interactivamente
con el paciente y los familiares.
Reconocida la realidad, se supera toda expectativa,
permite entonces que las cosas ocupen su lugar. Podemos decir sí, que va
a morir, y como lo sostengo, quién lo sabe primero es quien lo vive. Pero
de esto a que ya no hay nada que hacer, existe una distancia enorme. ¡Queda
todo por hacer! De hecho hay que hacerlo todo. Estructurar y desarrollar
un plan que permita aprovechar la vida, (¡no lo que queda de vida!) en
todo su contenido. Resolver pendientes, definir arraigos, conformar depósitos,
realizar afectos, reconciliarse con la vida como una realidad vivida. Reforzar
la presencia y la referencia de quienes están con nosotros; perdonar, si
ello es importante, pero frente a la vida, ¡vivida!, muy pocas cosas adquieren
tal importancia.
Si tomamos en cuenta las opiniones de quienes
participan en el proceso terminal, paciente, familiares, clan y equipo
de salud nos daremos cuenta de que la mayoría difieren entre sí. Se manejan
constantemente en forma “saltatoria”. Todos finalmente crean expectativas
que no se cumplen. No sólo para reconocer en el paciente el estado
terminal, sino en reconocer ante si mismos su “imposibilidad” de proporcionarle
un tratamiento (que le conserve la vida). Estas condiciones traen por consecuencia
un mecanismo de confusión implícito que consiste en la necesidad de reprimir
ante los demás las manifestaciones de duelo, cualesquiera que éstas sean
(puesto que negamos que vaya a morir). A la vez, se procura agotar los
recursos en forma “heroica” para conciliar no la realidad, sino las expectativas
creadas dentro de nuestro propio orden de las cosas.
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Con
ello se pretende ascender de la manera “menos dolorosa” a lo que íntimamente
percibimos como sensación de muerte inminente. El Clan por su parte reafirma
las expectativas creadas culturalmente perpetuando las conductas ante el
proceso de muerte. Cito a Illich: “El diagnóstico médico de entidades
nosológicas sustantivas que supuestamente toman forma en el cuerpo del
individuo resulta un modo subrepticio y amoral de culpar a la víctima…
La enfermedad sustantiva puede así interpretarse como la materialización
de un mito políticamente conveniente que adquiere substancia dentro del
cuerpo del individuo cuando dicho cuerpo se rebela contra las demandas
que la sociedad… le impone”.
No se puede aceptar de buenas a primeras el diagnóstico
de estado terminal. Es necesario “agotar” todas las posibilidades para
corroborarlo. Buscar alternativas de tratamiento, no importando cuales,
para preservar la vida en cualesquier condición. Suele pasarse de la sobrevaloración
de las condiciones lo que resulta en mayor deterioro; por ejemplo10
refieren Martínez y col.: “La sobrestimación de los requerimientos
metabólicos de los pacientes graves puede acarrear consecuencias desagradables
como hiperglucemias, diuresis osmótica, estados hiperosmolares, infiltración
grasa de hígado, excesiva producción de CO2 y deterioro en la
función respiración. Se ha observado que en el cálculo del factor de estrés
se dan sobrestimaciones y el paciente aparece más grave de lo que realmente
está. Por ejemplo por el empleo de ventiladores, la diálisis o el soporte
hemodinámico, etc. Por lo que es necesario partir de mediciones más cercanas
a la realidad y evitar complicaciones como las mencionadas”. O bien
se pasa al abandono absoluto, puesto que ya no hay nada que hacer.
Frente a la posición definitoria del médico que confirma
el estado terminal (o la no recuperación), genera la reacción, sólo reacción,
de “confirmarlo”. De donde se desencadena uno de los mayores riesgos no
sólo en lo que se refiere a la dinámica familiar sino en el uso de su patrimonio.
Me refiero a la “mediquitis”.
Se buscará primero a la “eminencia”, la cual o no se
encuentra o no accede, y si lo hace, hasta no demostrar lo contrario requerirá
de una nueva valoración, tanto clínica como de laboratorio y gabinete,
así como de poder valorarlo en medio hospitalario.
10 Salvador Martínez Cairo, Cueto y col. El gasto
energético en reposo médico contra estimado en pacientes críticamente enfermos.
Gaceta Médica de México Vol. 131 N° 3 Mayo junio 1995
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