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Si
no es la eminencia, es el médico amigo, o el conocido, o el recomendado
o todos en cascada, los que, hasta no demostrar lo contrario, éticamente,
tienen la obligación de revalorar al paciente, asumiendo que “no deben
acabar con las esperanzas”. El uno lo refiere a otro y éste lo recomienda
con un “especialista”. El otro sugiere una unidad de “terapia intensiva”,
aquel, requiere de “interconsultas” con varios especialistas. Se le aclara
a algún familiar la improcedencia de esas medidas mientras que en otro
renace la esperanza de un nuevo remedio descubierto en Australia, o en
Asia, o en Chiapas. Siempre existe “Houston”, las cápsulas de víbora, el
“agua de tlacote”, el barro azufrado, la limpia, el curandero, la bruja,
el remedio casero, alguna vacuna, algún aparato nuevo; ¡debe existir algo!,
¿pero qué?, para acabar con esa enfermedad. En la enfermedad se realiza
la transferencia ocupando ésta toda la atención dejando al paciente
a un lado. La enfermedad es lo importante y las consecuencias que haya
de padecer el paciente son secundarias a la necesidad de los demás de atacarla.
Las conversaciones son alrededor de si es o no es, cáncer o tumor, maligno
o benigno, o lo que ustedes quieran. Se construye sobre el paciente un
nuevo idioma que pocos o ninguno entiende y que las más de las veces
es necesario que alguien tome la responsabilidad de homogeneizar para evitar
mayores confusiones. (Este sería el médico Tanatólogo). Entre los mismos
médicos suele haber discrepancias graves como si tal o cual tumor es quimiorresistente
o si la radioterapia es inútil o si tal o cual analgésico puede producir
anemia aplástica o adicción. Todo esto sucede frente a la ignorancia misma
de la condición terminal del paciente y la necesidad de comprenderlo como
ser humano, que padece una enfermedad, pero no ha dejado de tener un concepto
de vida que se reclama como una necesidad para utilizarla como vida propiamente.
No se, si existe algo, saldrá a la luz en su momento, que no necesariamente
es el oportuno. Sin embargo mientras que esa cantidad de médicos y remedios
se mueven en función de la enfermedad el paciente espera. ¿Qué? La comunicación,
la atención personal, el cuidado en casa, el mimo, el llanto, el coraje,
incluso la agresión que le haga sentir que está vivo, y que existe independientemente
de la enfermedad que padece.
Más allá en algún rincón, en una habitación vacía, en
un pasillo, en la calle o en su casa, existe también un alguien que creyó
que la “bata blanca” lo protegería del
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propio
conflicto humano y no se preparó para sortear aquel
riesgo que les contaba, el de que, de no resolver al individuo, será culpable
ante su conciencia.
No,
no fracasamos. Si hicimos un diagnóstico, establecimos un pronóstico y
dimos un tratamiento que en el mejor de los casos sirva de algo cumplimos
con nuestra labor y en tanto estemos conscientes de nuestras limitaciones
nadie absolutamente nadie (ni nuestras conciencias) podrán reclamarnos
nada. No compañeros, no fracasamos.
La
libertad es parte de la historia y la mitad de la verdad… La otra mitad
es la responsabilidad.11
DE
LA COSMOVISIÓN DEL PROCESO DE MUERTE
“Nada
se crea ni se destruye, todo se transforma”: Jean Rey
La
vida es un proceso inmerso en los “límites” que conforman al Todo. Dentro
de estos límites, se sucede la existencia. Nacemos, crecemos, nos desarrollamos,
maduramos, nos reproducimos y como humanos transformamos la naturaleza
en pos de mantener la vida como premisa y finalmente morimos. Queramos
o no, nos sometemos a la leyes naturales, seguimos una conducta que se
recicla constantemente manteniendo esa extraña forma de energía que ordena
y da movimiento a los seres. La Vida. El ser humano la contempla como un
misterio. Un misterio que necesita explicarse y pretende comprender mediante
sus propios métodos de interpretación de los fenómenos que en ella se suceden.
Esta condición crea un producto propio, la Cultura. Con ella, nace una
cosmovisión entendida como “el propio orden de las cosas”. Este orden,
se define a sí mismo y pretende explicarse mediante tres subórdenes a los
que somete analíticamente la existencia humana. El orden biológico, el
orden psicológico y el orden social. El orden biológico estudia y pretende
explicar a nivel atómico y molecular el fenómeno de la vida que contempla
un sin número de complicadas y disímbolas combinaciones de los materiales
orgánicos. Por su parte en el orden psicológico, el pensamiento se desprende
de lo orgánico como si fuese una entidad diferente y se busca a veces como
si fuera un producto que se nos da por influencias externas a nosotros
mismos. Otras se pretende explicar por medios abstractos, esotéricos, “mágicos”
y religiosos.
11
Victor Frankl. El Hombre
en busca de sentido
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La
comunicación, la atención personal, el cuidado en casa, el mimo, el llanto,
el coraje, incluso la agresión que le haga sentir que está vivo, y que existe
independiente-mente de la enfermedad que padece. |