La aplicación de las técnicas de detección no debe sin embargo,
hacerse en forma universal e indiscriminada, sino orientada de acuerdo
al perfil de riesgo de cada individuo. En realidad el pronóstico
individualizado es lo que determina el valor específico de cada
prueba o terapia. La capacidad del médico de ahora y de siempre,
dependerá de su habilidad para aplicar juiciosa y eficientemente
este principio, que no es sino el de una “justicia médica” para
pedir y dar a cada paciente lo que le corresponde.
LOS ORÍGENES DE LA PREVENCIÓN
El diccionario de la Real Academia de la lengua española define
a la prevención, como la “preparación y la disposición que se hace
anticipadamente para evitar un riesgo o ejecutar una cosa”.1
Con ello tenemos que en el ámbito de la salud, estas medidas de
preparación y anticipación deben ser aplicadas para evitar las principales
causas de morbilidad y de mortalidad en la población.
El hecho de prevenir y su capacidad de juicio
son tan antiguos como lo es el hombre mismo. Las estrategias de
protección para evitar agresiones o accidentes durante la pelea
o la caza de animales son medidas de anticipación seguramente utilizadas
por los antiguos ancestros nómadas hace millones de años. Existen
registros milenarios como el del papiro de Ebers que ya proponía
la aplicación empírica de medidas de prevención para evitar enfermedades
infecciosas o degenerativas. Herodoto publicó hacia el año 500 AC
en el antiguo Egipto una serie de medidas de higiene corporal relacionadas
con el lavado de manos y la construcción de sanitarios rellenos
de arena. A partir de entonces, aparecen en la historia escrita
múltiples referencias sobre las recomendaciones sobre las medidas
de higiene y alimenticias con fines principalmente
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curativos.2
La prevención aplicada en una forma científica
como la conocemos actualmente, aparece en el siglo XIX con los avances
en el campo de la bacteriología por Koch, Pasteur y Lister entre
otros, quienes crearon una verdadera revolución científica en el
conocimiento de la medicina y en particular en la prevención.3
El origen de la prevención de enfermedades cardiovasculares
en cambio, es más reciente. Aún cuando existen antiguos documentos
sobre una serie de medidas de cambio en el estilo de vida que mostraron
beneficios en este campo, no es sino hasta este siglo que comienzan
algunos estudios histológicos y de casos y controles que sientan
las bases del concepto de “factor de riesgo” y su control. Con el
advenimiento de los grandes estudios clínico-epidemiológicos observacionales
y de intervención en lo que ahora llamamos “medicina basada en la
evidencia”, se demuestra claramente su importancia.
PREVENCIÓN “BASADA EN LA EVIDENCIA”
Es difícil concebir la práctica de la medicina moderna sin un sólido
sustento científico, alejado del empirismo tradicional. Se le debe
llamar así “Medicina basada en la evidencia” a la utilización juiciosa,
conciente y explícita de la mejor información –o evidencia– científica
en la toma de decisiones para la atención individualizada de cada
enfermo.4
Tal evidencia observacional obtenida en base
a estudios epidemiológicos retrospectivos y prospectivos realizados
principalmente en Estados Unidos y Europa llevaron al conocimiento
de lo que ahora conocemos como factores de riesgo al establecer
una asociación consistente entre algunas variables presentes en
algún momento y la aparición de la enfermedad.
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Mientras
más temprana-mente se detecte la enfermedad o los factores
que predisponen a ella, mayor será la probabilidad de intervenir
precozmente para evitar o limitar sus complica-ciones. |