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Los
límites clínicos de la enfermedad no siempre establecen
con precisión el riesgo individual de cada paciente.
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Con
dicha tabla, en una forma rápida y tomando en cuenta los principales
factores biológicos y de riesgo de cada individuo es posible establecer
la probabilidad de tener un evento cardiovascular en los siguientes
10 años. Existe el acuerdo que la intervención farmacológica, se
justifica en los grupos de alto riesgo, en el que uno de cada 10
pacientes con esas características tendrá alguna complicación cardiovascular
en los 5 años siguientes (>20% de riesgo de un evento a 10 años).
Con este tipo de información, se justifica el tratamiento y se orienta
en una forma más acertada, que el simple hecho de tratar cifras
aisladas de colesterol o de lipoproteínas, como se ha recomendado
tradicionalmente por algunos grupos de trabajo americanos,8
que aun cuando ayudan a establecer los límites deseables, no orientan
sin embargo al médico sobre la indicación de un tratamiento individualizado.
PREVENCIÓN PRIMARIA Y SECUNDARIA
Como se mencionó previamente,
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los
límites clínicos de la enfermedad no siempre establecen con precisión
el riesgo individual de cada paciente. Sin embargo ha sido muy útil
dividir a enfermos con y sin enfermedad previa para el diseño de
estudios de investigación.
La prevención secundaria es aquella que se aplica
en enfermos portadores de la entidad manifiesta. De ellos, el grupo
de mayor riesgo es el formado por enfermos que tuvieron ya un evento
clínico –infarto del miocardio- y que también tienen hipercolesterolemia.
Un buen ejemplo sobre el impacto del tratamiento en ese grupo de
enfermos fue presentado en el estudio escandinavo de supervivencia
con simvastatina (estudio 4S), en el que fueron tratados con estatina
4444 enfermos de ambos sexos y con edades entre 35 y 60 años. A
los 5.4 años la reducción de la mortalidad cardiovascular fue de
42%.10 Esta población
es evidentemente la más beneficiada, sin embargo, ocupa proporcionalmente
un menor porcentaje de los individuos que habitualmente son valorados
en la práctica diaria (Fig. 4).
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