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La
denominación de viejo se asigna arbitraria-mente,
de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, al individuo
que ha superado los 65 años de edad.
Si tiene 65 años la expectativa varía entre 13 y 20
años más de acuerdo al género masculino o femenino
respectiva-mente; 10 y 13 después de los 75; siete y ocho
si cumplieron 85; cuatro si rebasan los 90 y dos después
de los 100 años.
En el terreno farmacológico los cambios relacionados a la
edad tienen una influencia determinante que obliga a un conocimiento
completo de los medicamentos.
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La
denominación de viejo se asigna arbitrariamente,
de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, al individuo
que ha superado los 65 años de edad.1
Sin embargo este enfoque puede ser muy discutible en el terreno
biológico, mental y cronológico. Es decir habrá
individuos francamente deteriorados y de menor edad en contraposición
a otros mucho mayores pero en perfectas condiciones físicas
y mentales.
De todas las personas que han llegado a los 65
años más de dos terceras partes continúan vivas
y las posibilidades de seguir así depende, entre otras cosas,
de la edad. Si tiene 65 años la expectativa varía
entre 13 y 20 años más de acuerdo al género
masculino o femenino respectivamente; 10 y 13 después de
los 75; siete y ocho si cumplieron 85; cuatro si rebasan los 90
y dos después de los 100 años.2,
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El reconocer y tratar los padecimientos
por los que un sujeto mayor de edad puede deteriorar su calidad
y expectancia de vida también plantea varios aspectos a discusión;
por un lado el exclusivamente médico y por el otro el económico
que se divide en personal, familiar, social y el destinado a la
investigación.
Los cambios biológicos, cronológicos,
de estilo de vida, mala nutrición, depresión, rechazo,
marginación y muchos otros son matices que dificultan un
análisis adecuado para cada caso en particular. De igual
forma el que existan modificaciones en las
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características
clínicas de los diferentes padecimientos determina situaciones
que ocasionan ausencia de síntomas o su expresión
menos clara. También en el terreno farmacológico los
cambios relacionados a la edad tienen una influencia determinante
que obliga a un conocimiento completo de los medicamentos y a un
monitoreo adecuado a fin de prevenir o eliminar los efectos no deseables
y diferenciarlos de las molestias propias del padecimiento o del
deterioro clínico. Cerca de 90% de estos individuos reciben
medicación que puede ser múltiple e inadecuada o por
el contrario no ser prescrita a pesar de que se tiene suficiente
información de efecto benéfico. Ya sea por voluntad
propia, por olvido o porque el médico y sus familiares no
desean hacerlo.
El estado actual de la terapia trombolítica,
la cardiología intervencionista con procedimientos como la
valvuloplastía o la angioplastía coronaria, el empleo
de aditamentos antiarrítmicos para los casos de fibrilación
ventricular recurrente, la ablación y otros adelantos tecnológicos
que en ocasiones no han logrado ser colocados como una indicación
definitiva en jóvenes resulta aun más controversial
su empleo en el anciano; por un lado basándose en costos
cada vez más crecientes y en ocasiones fuera de las posibilidades
personales y por el otro a la expectativa de vida relacionable a
la historia natural de la enfermedad, de padecimientos asociados
graves y del tiempo y calidad de vida que se logra si resulta exitoso
su uso y aplicación.
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