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Las
clasificaciones surgieron como una necesidad de agrupar pacientes
con las mismas características, con la finalidad de evaluar
intervenciones diagnósticas o terapéuticas en condiciones
de uniformidad y/o establecer un pronóstico para el individuo.
Es muy importante ubicarlas en el tiempo en que éstas fueron
realizadas, puesto que reflejan el conocimiento con la tecnología
disponible y el comportamiento epidemiológico en dicho momento.
Dos de las clasificaciones más conocidas
y utilizadas se publicaron a mediados de los ochenta y fueron bienvenidas
porque aclaraban la gran confusión existente; en ese entonces
se utilizaban conceptos difíciles de definir tales como preSIDA.
La primera clasificación del CDC permitió uniformar
criterios (Cuadro 2). Sin embargo, ésta
no permitía hacer pronósticos en casos individuales
y no incluía enfermedades propias de la
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mujer.
La clasificación de Walter Reed es más orientada hacia
la práctica clínica y toma una serie de parámetros
clínicos y de laboratorio, que generalmente son fáciles
de colectar. Esta es progresiva en sus diferentes estadios lo que
permite establecer un pronóstico (Cuadro
3).
La segunda clasificación del CDC es la
que se encuentra vigente en la actualidad (Cuadro
4). Ésta incorpora los CD4 como un criterio que permite
una medición más objetiva de la inmunosupresión,
y procesos patológicos propios de la mujer. Esto fue posible
ya que a principios de esta década, existía suficiente
experiencia clínica para identificar complicaciones relacionadas
con el género. Sin embargo, seguramente será modificada
para incorporar otras herramientas, que permitan evaluar mejor a
las personas infectadas, tales como la carga viral que se ha utilizado
ampliamente en la práctica clínica en los últimos
años.
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