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El
tratamiento específico de la infección por el VIH
se inició en la segunda mitad de la década de los
ochenta con el uso del AZT.
Los inhibidores de la transcriptasa reversa análogos de los
nucleósidos son los menos potentes de los tres grupos pero
son los mejor estudiados y cada uno tiene su propio patrón
de eficacia y
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El
tratamiento específico de la infección por el VIH
se inició en la segunda mitad de la década de los
ochenta con el uso del AZT (zidovudina o azidotimidina) como único
antiviral a dosis altas e intervalos de administración cada
cuatro horas. Actualmente no se recomienda el uso de monoterapia;
se continúa utilizando AZT pero a un tercio de la dosis diaria
que se recomendaba inicialmente, a intervalos de administración
cada doce horas y sólo en combinación con otros dos
antirretrovirales.
A finales de 1999 contamos con tres grupos de
medicamentos antirretrovirales; el primer grupo está formado
por los inhibidores de la transcriptasa reversa que químicamente
son análogos de los nucleósidos: AZT (zidovudina),
DDI (dedoxiinosina), DDC (dodeoxicitosina), 3TC (lamivudina), D4T
(stavudina), ABC (abacavir); en el segundo grupo tenemos a los inhibidores
de las proteasas: saquinavir, ritonavir, indinavir, nelfinavir y
amprenavir y en el tercer grupo están los inhibidores de
la transcriptasa en reversa que químicamente no son
análogos de los nucleósidos: nevarapime, delavirdine
y efavirenz.
Sin embargo para tener éxito en el
tratamiento del paciente infectado con VIH se requiere el entendimiento
y la atención a múltiples aspectos que participan
en el proceso y no sólo conocer las características
farmacocinéticas y farmacodinámicas de los medicamentos,
empezando por aceptar que tratamos enfermos y no enfermedades es
decir seres humanos con cualidades y defectos y en particular con
una patología compleja, cargada emocionalmente y con un estigma
social importante.
La primera consideración que tenemos que
hacer es cuando iniciar tratamiento antirretroviral, ya que no se
trata de una decisión automática de que una vez establecido
el diagnóstico se inicie necesariamente el tratamiento; en
particular si el individuo se encuentra libre de síntomas,
se recomienda evaluar el grado de daño al sistema inmune
mediante la medición de los linfocitos CD4 y hacer una determinación
de la carga viral; si el conteo de linfocitos es menor de 500 cel/mm3
o la carga viral es mayor de 10 000 (bDNA) ó 20 000 (RTPCR)
copias/mL y el paciente está dispuesto a tomar medicamentos
se inicia tratamiento; si el paciente tiene
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una
infección oportunista se recomienda también iniciar
el tratamiento incluso sin esperar los resultados de linfocitos
y carga viral.
¿Con qué medicamentos empezar? Para
contestar esta pregunta debemos conocer un poco más las características
positivas y negativas de los grupos de medicamentos actualmente
disponibles.
Los inhibidores de la transcriptasa reversa análogos
de los nucleósidos (AZT, DDI, DDC, D4T, 3TC y ABC) son los
menos potentes de los tres grupos pero son los mejor estudiados
y cada uno tiene su propio patrón de eficacia y seguridad.
El AZT penetra bien la barrera hematoencefálica;
su principal toxicidad es en médula ósea aunque a
las dosis actuales (500 a 600 mg para el adulto promedio) la necesidad
de interrumpir tratamiento ya no es tan frecuente como lo fue en
los ochenta; aun así si el paciente de principio tiene leucopenia
y/o anemia se deberá evitar su administración.
El DDI no afecta la médula ósea;
su administración dos veces al día requiere ayuno
de dos horas; su principal toxicidad es pancreatitis y neuropatía
periférica.
El DDC se administra tres veces al día
sin necesidad de ayuno; produce más frecuentemente neuropatía
dolorosa y menos frecuentemente pancreatitis.
El D4T es de particular utilidad en los casos
que recibieron AZT como monoterapia por algún tiempo y en
los casos con mielosupresión por el VIH y/o AZT, ya que ambos
son análogos específicamente de la timidina y actúan
eficientemente en los linfocitos más recientemente infectados
y por lo tanto son ideales para intercambiarse entre sí,
pero no se recomienda administrarlos simultáneamente; infrecuentemente
produce neuropatía y algo de irritación gástrica.
El 3TC se recomienda dos veces al día sin
ayuno; es excelentemente tolerado; existe en el mercado nacional
solo o en combinación en una misma pastilla con AZT; tiene
la ventaja de tener actividad contra el virus de la hepatitis B
y si tomamos en cuenta que hasta 20% de los pacientes infectados
con el VIH están coinfectados con el virus de la hepatitis
B se obtiene un valor agregado; de hecho el 3TC recientemente fue
aprobado por la FDA (Food and Drug Administration) para ser usado
en el tratamiento de la hepatitis B en pacientes no infectados con
VIH.
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