|
La
infección por los virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) ha
resultado ser uno de los problemas de salud más complejos del siglo
con importantes implicaciones científicas, clínicas, epidemiológicas,
así como los innegables aspectos económicos, políticos y socioculturales
que hacen al problema aún mas difícil de estudiar, tratar y prevenir.
Aun cuando el problema clínico y epidemiológico
se hizo presente en el continente Africano en la década de los setenta
del presente siglo éste no fue estudiado hasta que apareció en las
grandes urbes de la Unión Americana a mediados de 1981 afectando
inicialmente a la comunidad homosexual de clase media y mayormente
sajona, y posteriormente extendiéndose al resto de la sociedad y
en la actualidad afectando más a los niveles socioeconómicos más
desprotegidos y mayormente negros de ese país.
La primera definición de la enfermedad fue
establecida ante la urgencia epidemiológica y requería que cualquier
persona menor de 65 años con sarcoma de Kaposi y/o infecciones oportunistas
que no estuviera recibiendo inmunosupresión fuera considerada como
síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), lo cual obviamente
estaba describiendo enfermedad avanzada.
Para finales de 1983 el profesor Montagnier describió
el LAV (lymphadenopathy associated virus) y unos meses después el
Dr. Gallo describió el HTLV–III (human T lymphotrophic virus) ambos
describiendo el mismo virus que es lo que ahora conocemos como HIV–1
(human immunodeficiency virus type 1) de sus siglas en inglés o
VIH de sus siglas en castellano. Para 1986 la historia se repite;
los franceses describen el LAV–2 y los americanos lo que llaman
HTLV–IV nuevamente ambos describiendo el mismo virus que ahora conocemos
como HIV–2 (human immunodeficiency virus type 2) o VIH–2.
Una vez contando con métodos de diagnóstico o
marcadores del virus, fue evidente que la mayoría de las personas
pasan varios años infectadas y libres de síntomas y que la enfermedad
como tal es el extremo
|
más avanzado del espectro clínico de la infección viral y el valor
de medir los linfocitos CD4 para establecer el grado de daño del
sistema inmune fue reconocido. Para mediados de la década de los
noventa la aplicación de las técnicas moleculares nos han permitido
cuantificar las partículas virales circulantes a lo que se ha llamado
carga viral y ha resultado ser un valioso instrumento para establecer
un pronóstico más preciso y evaluar respuesta a terapias antirretrovirales.
Desde el punto de vista clínico inicialmente se
evidenciaron las consecuencias de la inmunosupresión llenándose
la literatura de múltiples informes de infecciones oportunistas
comunes y raras, así como una mayor incidencia de neoplasias; posteriormente
se describieron algunos síndromes clínicos muy particulares de esta
patología como el Complejo de demencia relacionada a SIDA y el síndrome
de desgaste.
Para finales de la década de los ochenta cuando
la epidemia involucró un número importante de mujeres en los países
desarrollados se reconoció una mayor incidencia de algunos procesos
patológicos propios del género como el cáncer cervicouterino y la
infección pélvica inflamatoria, y también se estudió y se caracterizó
mejor la transmisión perinatal del virus.
Los casos pediátricos han resultado un verdadero
reto desde muchos puntos de vista empezando por ser un huésped con
un sistema inmune inmaduro y un metabolismo muy diferente al adulto
con un número muy limitado de medicamentos antirretrovirales con
presentaciones infantiles.
En relación al tratamiento, la experiencia inicial
se concentró en el diagnóstico temprano, el manejo y la prevención
primaria y secundaria de las infecciones oportunistas y aunque estas
intervenciones no extendían mucho la sobrevida sí tenían un impacto
muy positivo mejorando la calidad de vida de los pacientes y aún
en la actualidad en que la terapia antirretroviral potente ha disminuido
la incidencia de algunas de éstas, el manejo y la prevención de
las infecciones oportunistas es una parte esencial del tratamiento
del paciente con VIH–SIDA.
|
|
La
infección por los virus de la inmunodeficiencia humana (VIH)
ha resultado ser uno de los problemas de salud más complejos
del siglo con importantes implicaciones científicas, clínicas,
epidemiológicas, así como los innegables aspectos económicos,
políticos y socioculturales.
Para finales de 1983 el profesor Montagnier describió el LAV
(lymphadenopathy associated virus) y unos meses después el
Dr. Gallo describió el HTLV-III (human T lymphotrophic virus)
ambos describiendo el mismo virus que es lo que ahora conocemos como
HIV-1 (human immunodeficiency virus type 1) de sus siglas en inglés
o VIH de sus siglas en castellano.
La mayoría de las personas pasan varios años infectadas
y libres de síntomas y la enfermedad como tal es el extremo
más avanzado del espectro clínico de la infección
viral por lo que el valor de medir los linfocitos CD4 para establecer
el grado de daño del sistema inmune fue reconocido. |