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Ya se mencionó la utilidad de la diálisis gastrointestinal con dosis
repetidas de carbón activado combinada con la administración de
N-acetilcisteína. Si ya ocurrió el daño hepático el tratamiento
es mediante apoyo vital avanzado (A,B,C,D); dado que la N-acetilcisteína
es además un potente antioxidante que previene la formación de radicaes
libres, mejora la microcirculación hepática y facilita la liberación
de oxígeno, es conveniente continuar su administración durante la
fase de insuficiencia hepática, ya no como antídoto preventivo sino
como parte del tratamiento del daño hepático ya establecido.
Criterios para trasplante hepático.
Dada la gravedad de esta intoxicación y su elevada mortalidad cuando
ha ocurrido el daño hepático y sus complicaciones, la única posibilidad
de supervivencia en estos pacientes es el trasplante hepático. Los
criterios para esta alternativa son los siguientes: casos muy graves
con pH sérico menor a 7.3, tiempo de protrombina mayor a 100 segundos,
creatinina sérica mayor a 3.5 mg/dL (300 µmol/L) y coma grado 3
ó 4.
Analgésicos narcóticos (opiáceos)
Toxicidad. Son analgésicos potentes que en sobredosis causan
depresión del sistema nervioso central y del centro bulbar de la
respiración. Su uso crónico origina adicción y síndrome de deprivación.
Ejemplos de estos medicamentos son la morfina, la codeína, el demerol,
el dextropropoxifeno, el difenoxilato, la loperamida, el fentanilo,
la nalbufina, el midazolam y otros.
Manifestaciones clínicas. La tríada clínica característica es:
coma, depresión respiratoria y miosis. Pueden además, presentarse
taquicardia o bradicardia e hiperglucemia.
Diagnóstico. Es clínico y mediante la prueba diagnóstica-terapéutica
con naloxona.
Tratamiento. Apoyo vital. Si el opiáceo fue ingerido, diálisis gastrointestinal
con carbón activado. La naloxona es un antagonista puro de los opiáceos
y su administración mejora rápidamente la depresión cortical y bulbar.
Inicialmente
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se
administra en «bolo» (prueba diagnóstica-terapéutica), si hay respuesta
se continúa por venoclisis hasta la recuperación del paciente.
ANFETAMINAS
Toxicidad. Grupo numeroso de fármacos con propiedades simpaticomiméticas
y por lo tanto potentes neuroestimulantes. Sus indicaciones terapéuticas
son limitadas: tratamiento sintomático de la narcolepsia (padecimiento
por demás poco frecuente), del síndrome de hiperactividad con atención
deficiente y, sujeto a controversia, para el control del apetito
en la obesidad. Son, además, usadas ampliamente como drogas de abuso
y recientemente en la elaboración clandestina de otras drogas estimulantes-alucinógenas.
Manifestaciones clínicas. En la intoxicación aguda las manifestaciones
son de agitación, euforia, anorexia, conducta paranoide con alucinaciones,
diaforesis , midriasis y convulsiones; a nivel cardiovascular son
comunes hipertensión arterial, taquicardia, trastornos del ritmo
cardiaco, vasoespasmo coronario, edema pulmonar y hemorragia cerebral.
Su ingestión crónica como anorexígenos ha causado lesiones graves
de las válvulas cardíacas.
Diagnóstico. Es clínico y basado en el antecedente de ingestión
de anfetaminas con “fines recreativos” o para el tratamiento de
la obesidad y menos de la narcolepsia. Es útil para el clínico tener
en mente que los adictos se refieren a estos fármacos con una jerigonza
propia: dex, met, rápido, cristal de met, MDMA, droga del amor,
éxtasis, tacha, Adán, MDM, serenidad y otros más.
Tratamiento. En la intoxicación aguda se debe lavar el estómago
y proceder a la diálisis gastrointestinal con carbón activado. Las
manifestaciones nerviosas, en general, se controlan con la administración
IV, de diazepam o haloperidol; las cardiovasculares, en particular
la hipertensión, con la administración de cloropromazina y ocasionalmente
con nifedipina o algún inhibidor de la ECA.
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