Para
explicarlo se han invocado diferentes argumentos entre los que destaca
la teoría que afirma la existencia de un programa que determina
la duración de la vida y que está gobernado por los
genes y factores ambientales. Se han postulado defectos en la estructura
y función de los componentes moleculares que participan en
la transferencia de la información genética desde
el ADN hasta la síntesis de proteínas (estructurales
de la célula, de la matriz extracelular y enzimas).3
También puede deberse al deterioro en la función de
los mecanismos de reparación molecular y celular. Estos cambios
ocurren con el paso del tiempo bajo la influencia de factores ambientales
(nutrición, tabaco, tóxicos ambientales, radiación
ultravioleta, etc.) o por la acción de los productos de procesos
endógenos como son los altamente reactivos radicales libres
de oxígeno y la glicosilación no enzimática
de las proteínas.4
Por otra parte, se ha observado que la disminución en la
eficacia del ajuste homeostático conduce, en la vejez, a
la insuficiencia de los mecanismos de adaptación. Así,
se entiende al envejecimiento como el deterioro en la función
de los sistemas homeostático, nervioso, endocrinológico
e inmunológico, lo que incrementa la vulnerabilidad a las
enfermedades.5
La diversidad de enfermedades propias de la vejez
ofrece muchos problemas de diagnóstico y tratamiento, particularmente
cuando se plantea la necesidad de diversos abordajes terapéuticos
asociados con múltiples posibilidades farmacológicas.
Los ancianos toleran menos los errores en la prescripción
de fármacos que las personas más jóvenes.
DIMENSIÓN DEMOGRÁFICA
Para el año 2000, en América Latina y el Caribe más
de 42 millones de personas tendrán por lo menos 60 años
de edad y de ellas 55% serán mujeres. En el año 2020
se espera que la cifra ascienda a 82 millones de personas. Este
grupo poblacional
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crece
con un incremento anual de 3% en comparación con un aumento
de 1.9% de la población total. En términos absolutos,
esto significa que la población de ancianos en esta región
aumenta en más de 80 mil personas cada mes. Se calcula que
para el año 2000 el aumento mensual neto será mayor
de 115 mil personas.1 De
la misma manera, para el año 2020 se tiene proyectado que
la base de la pirámide poblacional será rectangular
y habrá tantas personas de más de 30 años como
las hay de menos de 30, y la población anciana constituirá
12.4% del total en comparación con 5.5% que representaba
en 1950. El cambio demográfico tiene implicaciones importantes
para el crecimiento económico, la estructura de la familia
y en las prioridades dentro de la prestación de servicios
sociales y de salud. Más aún, considerando que entre
los ancianos el grupo que crece más rápido es el de
personas de 75 años y más, cuya presencia se triplicará
en muchos países.6
Desde una perspectiva nacional, México
contaba en 1998 con una población estimada en 98 millones
132 mil 418 individuos, de los que cerca de 4.5 millones eran mayores
de 65 años de edad. De éstos, 58.3% sin acceso a la
seguridad social. En el año 2025, la población mexicana
se incrementará en 22%, alcanzando cerca de los 126 millones
de habitantes. El porcentaje de población mayor de 65 años
casi se triplicará y llegará a más de 13 millones
y medio de personas, de la que una parte importante quedará
fuera de esquemas de protección social.7
Con relación a la distribución por
género, es una condición presente que en todas las
regiones del mundo las mujeres sobreviven a los hombres, lo que
tiene efectos directos en las condiciones de vida y bienestar socioeconómico
de las mujeres mayores. Desde una perspectiva social, tales diferencias
de género pueden ser menos destacadas en los países
con amplia cobertura de servicios de salud, seguro social generalizado
y sistemas de jubilación justos.2
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Para
el año 2000, en América Latina y el Caribe más
de 42 millones de personas tendrán por lo menos 60 años
de edad y de ellas 55% serán mujeres.
En todas las regiones del mundo las mujeres viven a los hombres. |