PAC MG-1 A2

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PARASITOSIS INTESTINALES
El médico tiene la responsabilidad de que una vez detectado un caso de parasitosis intestinal en una familia, debe establecer educación que permita no sólo proteger a los demás miembros, sino evitar que el enfermo se reinfeste.
Las parasitosis que afectan al intestino corresponden a organismos unicelulares como las amibas y giardias o multicelulares como son los helmintos. La afección más grave es causa da por la Entamoeba histolytica. Algunas parasitosis por helmintos son también agresivas, como sucede con las uncinarias que provocan anemia crónica intensa. Sin embargo, un gran número de parasitosis intestinal pasa asintomática o con pocas manifestaciones y escasa o ninguna repercusión general.
    Las parasitosis intestinales, como las infecciones del tubo digestivo, se relacionan estrechamente con el nivel sanitario de la población, sus hábitos higiénicos y alimentarios, así como el empleo de agua potable y de sistemas adecuados de eliminación de las heces.
    Son padecimientos muy frecuentes en todo el mundo, afectan tanto a niños como adultos. Su diagnóstico y tratamiento son relativamente fáciles, aunque su prevención y eliminación no lo son tanto. El médico general tiene la responsabilidad de que una vez detectado un caso de parasitosis intestinal en una familia, establezca educación para la salud que permita proteger a los demás miembros y evitar que el enfermo se reinfeste. En muchas ocasiones la afección abarca a todos los miembros del grupo familiar.
   Por otra parte, los manejadores de alimentos que están parasitados constituyen una de las formas de transmisión más eficaces de estas enfermedades. Existen muchas parasitosis intestinales, si bien en este capítulo sólo se mencionan las más frecuentes.

CUADRO CLINICO

Depende del agente ofensor. En el caso de amibiasis intestinal, las manifestaciones varían desde formas asintomáticas hasta cuadros de disentería amibiana graves, pasando por colitis crónica, absceso hepático, ameboma o un cuadro diarreico agudo. La Giardia lamblia puede causar un cuadro doloroso en epigastrio que semeja al de úlcera duodenal y también mala absorción intestinal, pues su
radicación es la parte alta del intestino delgado, desde el duodeno.
    Los helmintos frecuentes en nuestro medio, áscaris, tricocéfalos, uncinarias, oxiuros y tenias provocan cuadros diversos, manifestados por dolor o distensión abdominal, náusea, pica (apetito caprichoso), prurito anal, anorexia, anemia, desnutrición, neumonitis, diarrea o estreñimiento. Todos ellos leves o moderados, excepto los casos avanzados.
    Es frecuente que el enfermo observe los parásitos en las heces recién emitidas o incluso que los vomite. Rara vez las parasitosis se manifiestan por cuadros como apendicits aguda, obstrucción intestinal y prolapso rectal.
    Algunas manifestaciones se atribuyen a parasitosis, sin que realmente sean síntomas característicos, como el rechinido de los dientes, el mal desempeño escolar, algunas dermatosis en la cara y el exceso de gases intestinales.
    Las parasitosis son en general cuadros de larga evolución, a veces hasta de varios años o bien el paciente se reinfesta una y otra vez, a menos que se rompa con el círculo vicioso de alivio y nueva parasitación. Pocas parasitosis provocan cuadros graves o la muerte, aunque no debe olvidarse esta posibilidad en los casos avanzados o en pacientes en los extremos de la vida o con multiparasitosis masivas.
    El médico debe tener presente, en relación con las teniasis, para efectos de educación higiénica de la población que atiende, que el paciente es huésped definitivo del ciclo de vida del parásito y el cerdo (T. solium ) o la res (T. saginata) son los huéspedes intermediarios cuya carne contaminada con el cisticerco, al ser ingerida por el hombre, desarrollará el gusano en el intestino. Cuando el hombre hace las veces de intermediario, es decir, ingiere huevos embrionados o proglótides grávidos de tenia por contaminación fecal de sus alimentos, las larvas atraviesan la pared intestinal y, por vía hematógena, llegan a músculos, corazón o cerebro donde se fijan para desarrollar el cisticerco, produciendo así la cisticercosis.

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