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La
capacidad de los agentes patógenos de expresarse en formas
clínicas diferentes o, por el contrario, el que una misma
expresión patológica pueda ser provocada por más de un agente
etiológico, exige de la agudeza del médico para establecer
el diagnóstico diferencial en un tiempo limitado precisamente
por las características de diseminación y progresión del
daño en los tejidos que producen los agentes infecciosos.
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El
curso puede ser fulminante como en algunas hepatitis, o crónico
y bastante prolongado como sucede en las virosis recidivantes.
El pronóstico puede ser tan benigno como el
de la varicela, sarampión o parotiditis en un preescolar inmunocompetente
y más agresivas estas mismas entidades en el adulto, y en otros
casos resulta mortal de necesidad como en la encefalitis rábica.
La gran mayoría de los procesos infecciosos
presentan una recuperación completa como ocurre incluso en el
tétanos a pesar de su gravedad clínica; pueden cursar con secuelas
invalidantes muy serias como en la poliomielitis, o las lesiones
microvasculares y endoteliales provocadas por el estreptococo.
La capacidad de los agentes patógenos de
expresarse en cuadros clínicos diferentes y el que una misma
expresión patológica pueda ser producida por diversos agentes
etiológicos es quizá uno de los retos médicos que más variables
de diagnóstico presenta. Así, entidades tan comunes como las
provocadas por el virus sincisial respiratorio puede producir
rinitis, faringoamigdalitis, laringitis, bronquitis, bronquiolitis
o neumonías y a su vez cada una de estas entidades clínicas
puede originarse por la acción patógena de rinovirus, virus
de la influenza y parainfluenza, por mencionar algunos.
Otra de las caracterísiticas del cuadro clínico
infeccioso corresponde a su múltiple etiología; casi siempre
la percepción del médico se orienta a la posibilidad de ataque
de un solo agente agresor y en este sentido dirigimos el tratamiento;
sin embargo, con frecuencia nos enfrentamos a combinaciones
que no se definen en una presentación clínica única y su variedad
depende en mucho de la combinación de los agentes agresores;
un ejemplo típico lo representan los anaerobios en los que la
participación simultánea o |
secuencial
de varias bacterias es obligada, como en los ataques por anaerobios
al aparato digestivo y de las vías respiratorias donde se combinan
frecuentemente bacterias, hongos, parásitos y virus.
Con frecuencia podremos reconocer grandes
diferencias en la capacidad de agresión aún en el mismo germen.
Esta variación se da tanto en la cantidad del inóculo como en
la severidad con la que manifiestan su virulencia, vgr.: existen
cepas microbianas de virulencia muy disímbola y la magnitud
del inóculo que puede ir desde el umbral patogénico hasta excesos
que desborden la capacidad de manejo en el individuo, entendiendo
esta última como el manejo intrínseco que ponemos en juego para
lograr una defensa exitosa ante el agresor, que alcanza a rebasar
el manejo clínico hasta llegar a una septicemia e incluso reflejarse
con un patrón epidemiológico altamente agresivo como sucede
en las grandes epidemias.
Existen factores que dependen del hospedante
y que alteran la expresión clínica del proceso infeccioso; por
ejemplo, los factores genéticos, la propia competencia inmunológica,
la edad, el sexo, el grupo étnico, la raza, modifican el carácter
o curso de la agresión microbiana y en algunos casos es posible
incluso definir un patrón de comportamiento.
Las características ambientales como las
condiciones climáticas y el hacinamiento habitacional: la frecuencia
de ataques repetidos tanto en el individuo como en la familia,
en su trabajo o en la comunidad, son factores que determinan
la aparición de un episodio infeccioso, y las más de las veces
es en ellos en los que se modula la severidad con la que se
presenta el cuadro clínico; ejemplos típicos los encontramos
en la tuberculosis pulmonar y en la fiebre reumática. |