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La vida entera de la familia se ve afectada al tener un niño o un joven con DM
dependiente de insulina. La complejidad de los regímenes de tratamiento, el temor a las
complicaciones agudas y crónicas los abruman. Las alteraciones de la dinámica
familiar pueden interferir con el desempeño psicosocial e interrumpir los cauces
correctos del control metabólico. Se hace indispensable que desde el impacto tremendo
del momento del diagnóstico, la familia cuente con el apoyo decidido y competente de los
miembros del equipo de salud que habrán de conducir el proceso por las rutas
óptimas: el médico de confianza, el endocrinólogo pediatra, el
nutriólogo, las enfermeras, y el psicólogo o el psiquiatra si el caso lo amerita.
Es necesario que tanto el paciente como sus familiares responsables estén enterados
que la diabetes, como muchos padecimientos crónicos, propicia manipulaciones y chantajes
por parte del afectado y de sus padres. Casi simultáneo al diagnóstico, se inicia
el estira y afloja por conquistar posiciones y privilegios: el diabético se siente con
el derecho de ser objeto de trato especial; los padres, con la obligación de concederlo
pero a cambio de ciertas demandas a veces exageradas; los hermanos envidian los consentimientos
aunque quizá no los rigores de la nueva disciplina. Se precisa una inteligencia alerta
por cada miembro y una amorosa comprensión de unos para otros.
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- Las alteraciones de la dinámica familiar pueden interferir con el
desempeño psicosocial e interrumpir los cauces correctos del control
metabólico.
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