EDITORIAL


¿Me escucha?

Es indudable que vivimos rodeados de riesgos. Por ejemplo, en Pennsylvania hay granjas que proveen a los supermercados de cestos de champiñones. ¿Podemos confiar en que las personas que los recolectan distinguen las especies de hongos comestibles de las venenosas? ¿Tenía razón mi abuela al decir que era peligroso lamer las estampillas postales? ¿Durante cuánto tiempo será capaz la tierra de esquivar los meteoros? Con esto, usted podrá darse una idea.

Mas debe saber también que soy racional y que he estudiado farmacéutica. No obstante, algunas veces me parece imposible hacer que mi médico tratante me comprenda. Ahora, antes de que usted haga a un lado este escrito como lo haría con un sermón conmovedor acerca de la buena comunicación, tenga en cuenta mi queja desde un punto de vista netamente financiero. Una aparente falta de deseo de escuchar le ha costado por lo menos a un médico un artículo de consumo que desaparece rápidamente: un paciente que desea pagar dinero extra y renunciar al papeleo tedioso a cambio del privilegio de elegir a su propio médico.

Durante el primer año de educación preparatoria en la universidad estatal consideré la posibilidad de contratar a un intérprete. Después de cuatro meses de amenorrea, consulté a la médica del centro de salud, quien trató de convencerme de que estaba embarazada. Eso era imposible, ya que es necesario que el óvulo esté expuesto a los espermatozoides, y mis óvulos vivían en aislamiento. La doctora no lo creía. Traté de hacerle comprender que yo sabía que le estaba diciendo la verdad, y que la verdad era que mi vida social era muy aburrida. Sin embargo, finalmente ella confió en el árbitro más importante e imparcial: los resultados de laboratorio.

Casi 20 años después estuve definitivamente embarazada y todavía afectada por las rarezas endocrinológicas que me habían provocado la experiencia pasada en la universidad. Mi obstetra era una persona muy capaz, con un método muy desafortunado de proporcionar información. Las buenas noticias venían en vueltas en advertencias. Cada fluctuación de la T4 libre en el suero y de la hormona estimulante de la tiroides constituía una crisis potencial. En varias ocasiones les expliqué que es fácil que me sienta acobardada; les pedí que lo tuvieran muy presente.

Sin resultado. Las interminables pruebas genéticas me volvieron loca de angustia. Pese a que por medio de una prueba previa se había determinado que yo no era portadora del gene Tay-Sachs, a mi esposo le practicaron pruebas: la explicación fue que sabríamos si existía la posibilidad de que los gemelos que esperábamos fueran portadores. Los resultados del análisis enzimático fueron dudosos, por lo que se solicitó una investigación de DNA, y repitieron mis pruebas también. En algún punto de ese proceso, una enfermera preguntó si las generaciones previas podrían ser clasificadas como europeos orientales u occidentales, cosa difícil de saber debido a que se encontraban viajando constantemente. Me informaron que una respuesta incorrecta podría ocasionar que los resultados no fueran confiables. Toda la tranquilidad proporcionada por la primera prueba se desintegró. (Ninguno de los dos alberga al temible gene.)

Se programó el asesoramiento genético y la amniocentesis. Pasamos una hora contemplando las múltiples consecuencias de la ruptura de los cromosomas y nos informaron que la doctora no deseaba efectuar el procedimiento ese mismo día porque era muy pronto. ¿Qué tal dentro de cuatro semanas? Más tarde, la fecha fue retrasada otras dos semanas porque el técnico del ultrasonido estaba de vacaciones. Cuando llegó finalmente la hora, la doctora llegó casi tres horas tarde a la cita: se había retrasado en una reunión y no había llamado al consultorio. A ella le sorprendió mi angustia.

Cuando la doctora estaba de vacaciones ocurrió una verdadera catástrofe. Su compañero de trabajo hizo el diagnóstico de preeclampsia, me explicó tranquilamente sus razones para enviarme directamente al hospital, reconoció mi pánico y me dijo que sentía mucho que eso se estuviera convirtiendo en una experiencia verdaderamente aterradora. Señaló también que analizaríamos cuidadosamente nuestras alternativas con el fin de poder elegir la acción que tuviera más probabilidades de conducir a un buen desenlace. Esa acción resultó ser una operación cesárea de urgencia, la cual fue practicada seis semanas antes de la fecha probable del parto.

Durante los días siguientes permanecí en la oscuridad, atada a una infusión de sulfato de magnesio, imaginando fotografías de dos bebés pequeñines a quienes todavía no había visto y las reacciones de las enfermeras ante los cambios de mi presión arterial. Nunca se me ocurrió que no todo iba a salir bien, y atribuyo esa confianza poco característica a la conducta del médico. Poco tiempo después, la doctora que me atendía regresó a su consulta, pero yo no regresé con ella, aunque personalmente me agradaba y consideraba que era competente.

Mas fue una llamada telefónica de viernes por la noche la que desencadenó toda la histeria. Una de las mujeres que ama a mis hijos llamó para decirme que Emily tenía 41.5 oC de fiebre. Ya le habían administrado acetaminofén y le habían aplicado paños húmedos y fríos. A pesar del nudo en mi garganta, llamé al pedia tra. El personal del consultorio recomendó un termómetro diferente en otro orificio: 41 oC.

Volví a llamarles y me dijeron que me recibirían en unas cuantas horas "sólo porque se aproximaba el fin de semana". Si el cuadro se volvía después más urgente, sería más complicado encontrar a un médico.

Es probable que ellos vean esto constantemente. Después de todo, sólo era una infección en el oído. La insistencia del médico en que era más probable que la temperatura de Emily fuera de 41 oC (la calidad de nuestros termómetros y nuestra capacidad para leerlos era motivo de discusión) no me tranquilizó, ni la expli cación de por qué más de 41.5 oC es peor que 41.5 oC. Cualquiera que fuera, era terriblemente alta, y yo estaba muy nerviosa.

Después de haber pasado casi una década detrás de un mostrador de farmacia, sé que los pacientes pueden ser muy problemáticos. Uno de ellos llamaba cada semana para describir sus últimas evacuaciones; pero también recuerdo al octogenario que horneaba galletas a menudo para mí porque en una ocasión me había tomado el tiempo para escucharlo.

Lo que deseo es lo siguiente, y ustedes me dirán si soy muy exigente: Por favor no den por hecho que soy incapaz de comprender la situación, independientemente de cómo me la presenten. Por favor no respondan de una manera que hace pensar que no han escuchado nada de lo que he dicho. Y por favor, por favor, recuerden que puedo vivir sin mis hijos tan fácilmente como podría sobrevivir sin mi corazón.

CYNTHIA STARR
Editora

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Copyright © 1997 de la traducción al español ( Patient Care, 15 de octubre de 1996) por Intersistemas, S.A. de C.V., México. Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción parcial o total en cualquier medio o idioma sin la previa autorización por escrito de Intersistemas, S.A. de C.V.